Lleva más de una década junto al legendario líder sudafricano. Zelda La Grange, su mano derecha, ha pasado más tiempo que nadie con Nelson Mandela desde que llegó a la presidencia de su país. Es la guardiana del mito.
La redención, el amor, pobreza y riqueza: los elementos clásicos de los cuentos de hadas están todos presentes en la historia de Zelda La Grange, una sudafricana que surgió de la ceguera política de la clase media blanca en tiempos del apartheid y se ganó el afecto y la confianza de un hombre negro que en otro tiempo había sido el enemigo más temido de su familia y de su tribu -los afrikáners- y que hoy es, por consenso general (los afrikáners incluidos), el político vivo más grande del mundo.
La Grange, de 37 años, ha pasado más tiempo que nadie en compañía de Nelson Mandela desde que éste llegó a la presidencia de Sudáfrica, hace 14 años. Sólo su tercera mujer, Graça Machel, pasa más tiempo con él.
La Grange ha sido su secretaria, mayordomo, portavoz, compañera de viaje, confidente y -como dice ella, y él está de acuerdo- nieta honoraria, y ha tenido una relación cada vez más estrecha con él desde el día en que empezó a trabajar como anónima mecanógrafa en la oficina presidencial en 1994. Cuando Mandela dejó su cargo, en 1999, ella se convirtió en su guardiana de facto, un puesto que le dio un enorme poder, además de acceso a todo tipo de gente famosa. Porque no ha habido -ni hay todavía- un líder político, un actor de Hollywood, un cantante moderno, un futbolista famoso, que no haya soñado con hacerse una fotografía con él.
Lo cual quiere decir que todo el mundo, desde Bill Clinton hasta Robert de Niro, desde Elton John hasta David Beckham, ha tenido, hasta cierto punto, que congraciarse con ella. Y que, cada vez que una celebridad ha mantenido una audiencia con el noble anciano, ella siempre está a su lado y participa en la entrevista, no como alguien del servicio, sino con todo el reconocimiento de lo que es, un miembro del círculo más íntimo de Mandela.
Desde que Mandela se retiró de la vida pública -aunque, la verdad, sólo se retiró a medias- en 2004, el vasto volumen de trabajo de Zelda ha disminuido un poco. Continúa organizándole la agenda y los dos están permanentemente en contacto. Pero ahora Zelda tiene tiempo de ampliar sus actividades más allá de la agenda personal de él, y se dedica también a recaudar fondos en nombre de las organizaciones benéficas de Mandela, en especial 46664, la organización que toma el nombre de su número de preso durante los 27 años que vivió en la cárcel y cuyo objetivo es luchar contra el sida en Sudáfrica, el país con más víctimas de la enfermedad en el mundo. Como tal, Zelda ha visitado varias veces Londres y fue una de las principales organizadoras de las festividades por el 90º cumpleaños de Mandela.
Es durante una de esas visitas cuando acepta hablar conmigo. Me habían advertido que le daba miedo conceder entrevistas, que le preocupaba que se traspasaran ciertos límites, y eso me puso doblemente en guardia. La había conocido brevemente en el curso de varias entrevistas y encuentros ocasionales con Mandela, y me había parecido una temible sargento de policía. Mi sorpresa es total, por consiguiente, cuando me encuentro con ella en un selecto hotel de Park Lane y, desde el momento en el que nos damos la mano, veo que es una mujer cordial, segura de sí misma, decididamente más atractiva en todos los aspectos de lo que yo recuerdo haber pensado cuando la conocí durante una entrevista que le hice a Mandela en su casa de Johanesburgo hace cinco años.
Se crió, cuenta, “en un barrio al norte de Pretoria, en una típica familia afrikáner de clase media, con muy poca conciencia o interés en la situación política del país; cómodos en nuestra vida protegida, muy normal y muy inspirada en los valores calvinistas afrikáners”. Su padre era un ejecutivo de las Cervecerías Surafricanas que posteriormente tuvo su propia carnicería; su madre era profesora. Votaban reflexivamente por el Partido Nacional, la formación gobernante e inventora del apartheid, y los domingos acudían a los servicios religiosos en la Iglesia Holandesa Reformada y luego se bañaban en la piscina familiar. “Estábamos ajenos a lo que pasaba políticamente, sí”, confiesa La Grange, que reconoce sin reparos que su familia sabía poco de la situación de la mayoría negra del país, condenada por las leyes del apartheid a ser ciudadanos de tercera clase, sin derecho a voto, sin acceso a la calidad de educación, vivienda, trabajo, playas, parques, hoteles, restaurantes y baños públicos que los blancos reservaban celosamente -y a menudo de forma brutal- para sí mismos.
La primera vez que pensó en algo vagamente parecido a la política fue en 1985, cuando tenía 14 años y llamaron a su hermano para incorporarse al servicio nacional, que en aquel tiempo significaba servir con el ejército en las ciudades negras, reprimir a los que se manifestaban en favor del encarcelado Mandela y su partido prohibido, el Congreso Nacional Africano. “Empecé a hacer preguntas y me dijeron que había una guerra, pero no conseguí saber contra quién”. Entendió más cuando su hermano y ella escucharon al brutal presidente de aquella época, P. W. Botha, anunciar en la radio la imposición de un estado de emergencia. “Recuerdo aquel momento con claridad”, dice La Grange. “Y el miedo que sentimos a que, por la noche, los negros fueran a matarnos. Eso es lo que entendimos de la situación”.
¿Por qué -le pregunto- pensó aquella adolescente que los negros querían matarla? “Porque lo que sí sabíamos era que lo que pasaba en Sudáfrica era un problema de negros contra blancos. Era lo que nos habían enseñado la Iglesia, el colegio y el sistema, la historia que nos habían contado”.
¿Significaba algo para ella el nombre de Mandela en aquel tiempo? “Creo que me enteré de su existencia cuando se declaró el estado de emergencia, más de 20 años después de que lo metieran en la cárcel. Quizá había oído el nombre y que estaba en Robben Island, pero no tenía ni idea de por qué. No sabía si había robado un auto, para ser sincera”, dice, y estalla en carcajadas. Sin culpa, porque Mandela, con quien ha hablado de estas cosas, la absolvió hace tiempo con su propia risa. “Sí, bromeo con frecuencia sobre ello para dejar clara la ignorancia que tenía entonces”, dice.
¿Qué reacción tuvo cuando Mandela salió en libertad, en febrero de 1990? “Cuando el presidente F. W. de Klerk anunció que iba a dejar en libertad a los presos políticos… nunca lo olvidaré. Estaba en la piscina, y mi padre salió y dijo: ‘Ahora vamos a pasarlo mal’. Y yo pregunté: ‘¿Qué?’. Y él respondió: ‘El terrorista va a quedar en libertad’. Le insistí: ‘¿Quién es ése?’. Y él dijo: ‘Nelson Mandela’. No hacía falta preguntar nada más, comprendí que era una persona que representaba el miedo, que era algún tipo de amenaza…”.
Tenía 20 años y estaba pensando en su futuro. Tenía aspiraciones de ser actriz, pero su padre le advirtió que, salvo que llegara a Hollywood, sería pobre como una rata, de modo que tal vez le convenía tener una segunda opción. “Por una vez le hice caso y estudié para ser secretaria ejecutiva”. Con el tiempo hizo lo mismo que muchos otros jóvenes afrikáners de Pretoria: consiguió un puesto en la burocracia del gobierno. Primero como mecanógrafa en el departamento de gastos estatales y luego como secretaria. En 1994, mientras el país experimentaba su revolucionaria transición política, las principales preocupaciones de La Grange eran económicas, especialmente cómo pagar el arriendo de su departamento. Se enteró de que había quedado libre un puesto de mecanógrafa en las oficinas del presidente, no directamente con Mandela, sino en su oficina económica, de modo que lo solicitó. Sin embargo, al ir a entrevistarse a Union Buildings, se vio acorralada por la secretaria privada de Mandela, Mary Mxadana, que buscaba desesperadamente a gente que trabajara con ella. Sin darse cuenta, La Grange se convirtió en mecanógrafa del equipo personal del presidente. “Llevaba dos semanas trabajando allí -esto era en agosto de 1994- cuando me encontré con él por primera vez, mientras iba al despacho de Mary a buscar un documento. Él salía cuando yo entraba, y me dieron escalofríos. Sabía que era un hombre cordial. Le había visto saludar a otras personas, pero nunca había hablado con él. Pero entonces me topé con él, como digo, y empezó a dirigirse a mí en afrikaans, y no le entendí a la primera porque lo último que me esperaba era que me hablase en mi propia lengua. Su afrikaans era perfecto, pero yo estaba tan nerviosa que no entendí lo que me decía. Estaba toda temblorosa”. ¿Por qué? “Porque tenía miedo, no sabía qué esperar de él, si iba a despedirme, a humillarme… e inmediatamente me entró ese sentimiento de culpa que tienen todos los afrikáners”. ¿Culpa? ¿Respecto a los negros en general, o a él en concreto? “No, respecto a él en concreto, porque estaba claro que ya no tenía 60 años, tenía 75 en aquel momento, y que era un anciano, y lo primero que una pensaba era: ‘¡Mi gente envió a este hombre a la cárcel!’. Yo había sido parte de aquello incluso aunque no pudiera votar. Así es que empecé a llorar. Pero él se limitó a cogerme de la mano y a seguir hablándome, y, cuando vio que seguía tan emocionada, me puso la otra mano en el hombro y dijo: ‘No, no, no… no es necesario, es una reacción excesiva’. Me calmé, quizá sonreí, y empezó a preguntarme cosas. ¿Dónde había crecido? ¿A qué se dedicaban mis padres? Acabamos hablando unos cinco minutos. Pero no es que me tratase de forma especial: hablaba igual con todos los miembros del equipo, negros y blancos; les preguntaba por su historia, su familia…”.
No fue, como dice La Grange, una conexión instantánea. El momento decisivo llegó al año siguiente, en 1995. “Entré un día en su despacho a servirle un té y me dijo: ‘Quiero que vengas a Japón conmigo’. Entonces no conocía bien la mecánica del gobierno, por no decir nada, y mi respuesta fue: ‘Muchas gracias, señor presidente… (se ríe al recordarlo)… pero, por desgracia, no tengo dinero suficiente para ir a Japón’. Y él empezó a reírse de mi ingenuidad. Me dijo: ‘No, tienes que ir a ver al profesor Gerwel (el director general de la presidencia), y él te explicará el pago y el protocolo’. Después comprendí que se trataba de uno de esos casos en los que Madiba (el nombre tribal honorario por el que muchos conocen a Mandela) demostró lo gran estratega que es. Sabía que en aquel momento era importante enseñar al mundo que íbamos a aceptar todas las culturas, que iba a haber blancos trabajando con nosotros”.
Es verdad, le digo. La gente, a veces, ha preferido considerarle una especie de presidente por azar, lleno de bondad, pero sin ninguna astucia. Y nada más lejos de la verdad. Es, como decía su amigo y biógrafo oficial, el difunto Anthony Sampson, “un maestro de las imágenes políticas”, consciente del poder de persuasión del simbolismo.
“Sí, sí, ése es él, cien por cien”, dice La Grange. “De modo que fuimos a Japón. Para mí fueron unas vacaciones. Después seguimos a Corea del Sur y yo ¡no hice nada! Me limitaba a aparecer en las cenas mientras otros hacían todo el trabajo. Fue verdaderamente una cosa estratégica llevarme en el viaje. No trabajé absolutamente nada y me limité a que me presentaran a jefes de Estado y de gobierno, emperadores y una lista de personas importantes, como si yo fuera fundamental para la existencia del planeta. No escribí nada a máquina, no hice nada”.
Pero después de aquel viaje las cosas cambiaron. “Empezó a llamarme cada vez más para hacer cosas personales, escribir cartas a máquina, asistir a reuniones para tomar notas. Entonces, en 1996, insistió en que fuera con él durante su visita de Estado a Francia; seguía siendo mecanógrafa, pero en esta ocasión no se llevó a ninguna otra secretaria. De pronto me encontré con que tenía que hacer todo el trabajo de las secretarias en el extranjero yo sola. No me quedó más remedio que esforzarme en aprender en qué consistía una visita de Estado, lo que teníamos que hacer. Y a partir de ahí fui participando cada vez más, por ejemplo, en las cosas relacionadas con su vida privada. Él insistía en que le acompañara a todas partes: cuando iba a visitar una comunidad afrikáner típica, quería que fuera con él. A mí me encantaba. No dejaba de aprender”.
Debía de ser mucho más que un trabajo normal de oficina, ¿verdad? “Sí, por supuesto. Trabajaba a todas horas. Cambiaron mi título por el de secretaria privada adjunta. El presidente trabajaba muchísimo. Estaba en pie hasta la una o las dos de la madrugada, hablando y llamando por teléfono, a veces toda la noche, y nunca recuperaba el sueño perdido. Y yo siempre estaba allí, lista para reaccionar a toda prisa. Facilitó las cosas el hecho de que tenía una edad en la que disponía de mucha energía y no tenía más compromisos que mi trabajo”. La rapidez de reacción de La Grange fue lo primero que llamó la atención sobre ella a Mandela, que es un obseso de la puntualidad. “Siempre ha sido muy puntual, no le gusta hacer perder el tiempo a nadie. Es, seguramente, la única cosa que verdaderamente le desagrada, que la gente llegue tarde a una reunión y cualquier falta de honradez. Yo estoy de acuerdo. Los dos teníamos la misma sensación de urgencia. Además, yo tenía una cosa muy afrikáner, que es el respeto a las órdenes del jefe y a los mayores, la sumisión ante la persona que está al mando, y estaba muy contenta porque me habían educado así. Pero sí, quizá lo más importante fue que yo respondía con más rapidez que otros colegas y que prestaba una atención minuciosa a los detalles”.
Cuando Mandela se retiró de su cargo de presidente en 1999, un año después de cumplir 80 años y de haberse casado -precisamente el día de su cumpleaños- con Graça Machel, la relación de La Grange con él pasó a un plano completamente nuevo. “Cuando dejó la presidencia, le permitieron llevarse a una persona con él y me preguntó si quería ser la que siguiera trabajando para él”. Trasladaron sus oficinas de Union Buildings, un enorme complejo de principios del siglo XX sobre una colina que domina Pretoria, a la que había sido la casa de Mandela antes de ser presidente en Houghton, un barrio acomodado de Johanesburgo. “De la noche a la mañana perdimos nuestra infraestructura. No más líneas de teléfono ni de fax y, sin embargo, todo el mundo esperaba mucho de él y cada vez había más peticiones para verlo y yo no daba abasto. Teníamos de 150 a 300 llamadas de teléfono y solicitudes por fax, así es que nombramos a uno o dos ayudantes más. Al final creamos la Fundación Nelson Mandela, que nos permitió empezar a construir otra vez nuestra propia estructura”.
Mandela se dedicó personalmente a recaudar dinero para la fundación -que funciona junto al Fondo Nelson Mandela para la Infancia, la Fundación Mandela Rhodes, un programa de becas africanas, y 46664-, con la misma energía obstinada que había exhibido en sus 50 años de lucha para liberar a su pueblo. En La Grange encontró a una persona que tenía la misma energía y el mismo celo que él.
“Se desarrolló entre nosotros un respeto mutuo. Madiba valoraba que yo intentaba proporcionarle lo que necesitaba para lograr lo que quería sin la gran estructura de apoyo con la que habíamos contado durante la presidencia. Era muy tolerante y se convirtió en el mejor mentor que se podía desear. Por supuesto, empecé a saber de antemano cómo iba a reaccionar él ante cualquier situación porque, cuando se ve a una persona todos los días durante un periodo de 10 años, una aprende a prever lo que piensa y cómo va a responder; y eso facilitó las cosas. También se dio cuenta de que le tenía afecto, e intimamos aún más, como un abuelo y una nieta. Por eso empecé a llamarle khulu, que significa abuelo en xhosa (la lengua de Mandela). No era sólo el trabajo de oficina. Era también viajar juntos, a menudo con largos trayectos de avión. Entre mis deberes figuraba asegurarme de que le sirvieran el desayuno a la hora debida y con las cosas más parecidas posibles a lo que le gustaba. Luego me sentaba a desayunar con él”.
A La Grange y Mandela les unía también lo frenético de sus agendas. Desarrollaron una solidaridad como la de los soldados que están en primera línea de combate. “De 1999 a 2004, cuando anunció su supuesta jubilación, fueron los que yo llamo los años locos. Entonces, a pesar de la enorme atención que prestaba a la fundación, la vida se guiaba en gran parte por los acontecimientos mundiales. Tenía libertad, hasta cierto punto, para hacer lo que quería, pero también se veía abrumado por cosas que no eran prioritarias, y eso le robaba gran cantidad de energía. Llegaba al despacho a las 8:30, tenía cinco o seis citas con gente -cada visitante quería una foto, un autógrafo y toda la atención- y luego se iba a casa a comer, y después tenía más reuniones o se subía a un avión para ir a algún sitio. Hacíamos 12 ó 13 viajes largos al año, incluso cuando estaba a punto de cumplir 85 años. Me alegraba cuando la señora Machel podía acompañarnos. Iba muchas veces, pero también estaba ocupada con su propia fundación y su labor internacional”.
Da la impresión de que no sólo tenía un trabajo de siete días a la semana, sino de 24 horas al día. “Sí, prácticamente. Estaba en el despacho a las 7 de la mañana, porque a él le gusta tener ordenada su mesa de determinada forma, sus bolígrafos, sus periódicos y el programa del día. A las 8 empezaban a sonar los teléfonos y, a partir de ese momento, era el no parar, así es que prefería preparar todo para su llegada antes de que se desatara la locura diaria. Los visitantes eran todo tipo de gente: un primer ministro, un presidente, un ex presidente, un sindicalista, un DJ, jefes rebeldes de Burundi, gente normal como un ciego que le escribió una carta y entonces Mandela le invitó a visitarle. Yo organizaba los programas, la logística, el protocolo, los medios, etcétera. Lo más agradable del trabajo era asistir con él a las reuniones; lo peor, las peticiones y llamadas telefónicas interminables, la continua necesidad de responder correos electrónicos de cualquier oportunista persistente. No podía dejarlo para el día siguiente porque entonces llegaba otro tanto. De todas partes llegaban peticiones para que les dedicara su tiempo”.
Pese a todo, siempre daba gusto trabajar con Mandela, insiste. “Una de las personas más agradables del mundo, aunque pone sus condiciones básicas. Le gusta un agua determinada, siempre tiene que tener un reposapiés en la habitación y las comidas hay que servírselas a una hora concreta. La comida tiene que ser sencilla, como la que le preparan en casa, cosas sanas. No siempre es fácil conseguir una comida sencilla en un hotel de cinco o seis estrellas, y en todos los viajes echábamos de menos la comida del cocinero xhosa que tanto tiempo lleva con él, Xoliswa”.
Al oír la grabación de la entrevista, me sorprende que La Grange utiliza la primera persona del plural para referirse a cosas que, en principio, uno podría pensar que sólo tienen que ver con Mandela. Verdaderamente se convirtieron en familia; ella había nacido dentro de la vieja raza opresora, pero él se convirtió en su khulu. “Sí, es como un abuelo que se interesa por mi vida personal”. Habría sido extraño en caso contrario, porque, según los cálculos de La Grange, hicieron juntos más de 96 viajes. Y por el camino conocieron prácticamente a todas las personas famosas del mundo (ninguna más famosa que el propio Mandela).
Ahora que Mandela cumplió 90 años, La Grange no tiene ya una relación tan obsesiva con él. Mandela es seguramente lo más parecido que tiene el mundo a un santo laico, pero -es de suponer- no va a vivir eternamente. La Grange está resignada a su mortalidad, a la que se supone que será una muerte razonablemente inminente, con un sentido fatalista bastante africano. “Nos llega a todos”, es lo único que dice cuando pongo el tema. “Su presión sanguínea es seguramente mejor que la mía o la suya, y el corazón, los pulmones y otros órganos vitales están en mejor forma que los de la mayoría de los jóvenes de hoy. Claro que, a los 90 años, si uno tiene un problema en la rodilla, se deja notar. Pero su sentido del humor es tan agudo como siempre”.
¿Qué es lo mejor de él? “Muy fácil: su humanidad. La pregunta que más veces hace la gente es si no guarda resentimiento, y es muy fácil de responder: ¡No! No ha mostrado nunca ni una grieta. Si hubiera sido yo, ¡ni hablar! Él es un ser humano extraordinario”.
Le hago, pues, una pregunta sencilla y directa: ¿Lo quiere? No duda en su respuesta: “Desde luego”, dice. ¿Se puede hablar de amor? “Sí, sin ninguna duda”. De modo que la siguiente pregunta es cómo concilia el papel de nieta con lo que sigue siendo formalmente, una empleada remunerada. “Hay que aprender a guardar el equilibrio. Nunca he invitado a Madiba a mi casa para una braai (asado) familiar, nunca le he pedido una foto de los dos, salvo cuando él me pide que posemos juntos. Soy una empleada y nunca lo olvido. Respeto los límites, nunca adopto un tono demasiado familiar ni creo que tengo derecho a algo, y trato de darle el espacio que necesita, lo cual hace que lo proteja ferozmente”.
¿Hay algo de Mandela que no le guste? “No. Nada. Nada”. ¿Al menos algún defecto que le haya encontrado? Por ejemplo, le digo, su gran amigo de toda la vida y compañero de cárcel, el gran y difunto Walter Sisulu, me dijo en una ocasión que, si tenía una debilidad, era quizá su tendencia a confiar demasiado en la gente. “Es verdad. Es muy confiado. Tiene una frase: ‘No dudes de la integridad de otra persona sin motivo, porque podría ser un reflejo de la tuya’. Él es demasiado amable con la gente y yo le insto a ver sus verdaderas intenciones más deprisa. Tengo un gigantesco sistema de banderas rojas. Es parte de mi trabajo”.
Dice que a veces ha luchado para creerse los privilegios que tenía. Sin embargo, confiesa que tiene deseos no cumplidos. “Es verdad. He tenido mucha suerte. Pero por el camino ha habido muchos sacrificios personales. Por ejemplo, no tener ninguna vida social durante mucho tiempo, y tengo 37 años. El trabajo ha hecho que me fuera muy difícil confiar en las personas y en lo que pretendían, y he aprendido algunas lecciones muy caras. He viajado por todo el mundo, he conocido a mucha gente y sé que soy extraordinariamente privilegiada, pero mis amigos han encontrado satisfacción con las cosas normales, y yo no; tienen hijos, y yo no. Sería bonito llevar a mis hijos al colegio. Después de vivir una vida tan extraordinaria, hay tendencia a desear las cosas sencillas. Si tuviera que volver a vivir mi vida, me gustaría que volviera a pasar lo mismo, pero me pregunto si no me gustaría tener unos hijos a los que contar todas mis historias. Es humano…”.

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